Miguel soñó  en grande sus pinturas en la capilla Sixtina, por eso logró  una obra de arte que sobrevive al tiempo

La esperanza que necesitamos en el camino

Si hacemos de la esperanza un proyecto compartido, nuestro mañana será mejor
Si hacemos de la esperanza un proyecto compartido, nuestro mañana será mejor

Una  muy inspiradora frase del gran artista del renacimiento y artífice de la mundialmente conocida capilla Sixtina del Vaticano,  Miguel Ángel Buonarotti dice “El mayor peligro para la mayoría de nosotros no es que nuestra meta sea demasiado alta y no la alcancemos, sino que sea demasiado baja y la consigamos”, nos  invita a soñar en grande, a pensar más allá de lo que nuestra vida puede alcanzar, a no contentarnos con poco sino a buscar lo mejor.

Los últimos lustros de la historia contemporánea de Venezuela, marcados por el discurso divisionista y de regusto socialistoide que sirvió de escalón al difunto Hugo Chávez, de exaltar lo  bajo y no lo más alto, nos han sumido como país en un proceso de sobrevivencia forzada, donde cada día nos acostumbramos más a lo malo que a lo bueno.    De aquella Guayana con su vía de acceso perfectamente pavimentada,  sembrada de floridas trinitarias e iluminada como estadio en temporada de beisbol, nos queda poco, sólo basta observar el ingreso a nuestra ciudad en estos días, donde la basura, el descuido y el abandono marcan una historia diferente que empuja hacia la derrota.

Miguel soñó  en grande sus pinturas en la capilla Sixtina, por eso logró  una obra de arte que sobrevive al tiempo
Miguel soñó en grande sus pinturas en la capilla Sixtina, por eso logró una obra de arte que sobrevive al tiempo

De pasar los venezolanos de pensar en el carro que  pensábamos comprar el próximo año, el país por visitar o la empresa por impulsar, hemos pasado a ser una suerte de mendicantes  que se desviven en colas para conseguir  harina pan o perseguir unas pastillitas de Diovan.   De pensar si nuestros ahorros los poníamos a plazo fijo o los invertíamos en la bolsa, hemos terminando sin un centavo en las cuentas, reuniendo lo que se tiene para comprar una paca de arroz o una caja de latas de atún “porque en cualquier momento pueden desaparecerse”.    De aspirar entrar a una empresa básica y discutir jugosos contratos colectivos, nuestra gente ha pasado a hacer la cola para obtener la tarjeta de la patria o la cajita del CLAP.

Nuestras metas se han reducido a la simple sobrevivencia, a tener que comer en casa y jabón para bañarnos, nos contentamos con las migajas que nos quedan de un festín que otros han malbaratado hipotecando el futuro de todos.

Los guayaneses y venezolanos han aprendido a “pasar agachados” porque  es mejor no meterse en problemas con la gente que puede ser peligrosa o tiene el poder.  Poco a poco y lentamente se ha desdibujado esa figura colectiva  de ser el “Bravo pueblo” de nuestro himno nacional, ese que acompañó a Bolívar a libertar un continente.

Si nos contentamos con poco, sólo poco alcanzaremos, debemos aspirar a lo máximo como personas, como padres, esposos, hijos, como profesionales, al mayor ideal del país que queremos para legarle a nuestros descendientes.    Debemos hacer nuestra la palabra esperanza, que según el diccionario de la RAE se define como «Estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea».    No olvidemos que esos increíbles arquetipos de la mitología griega nos  ubican la esperanza  con el nombre de Elpis como lo único que queda  en el fondo de  la Caja de Pandora, de donde salieron todos los males de la humanidad, para confortar a los atribulados hombres.

A pesar de la noche oscura o la tormenta que nos rodea, tenemos  que enfocarnos en la esperanza, de la mano de un poder superior a nosotros mismos, el Salmo 31 en su versículo  24 nos dice “Esforzaos todos vosotros los que esperáis en Jehová, y tome aliento vuestro corazón.”   Tenemos que creer y accionar para lograr esa patria y ese pueblo que soñamos, y que debe ser el mejor posible, no el menos malo entre lo hay, debemos dar lo mejor, exigir lo máximo y trabajar para ello; pues así como Miguel Ángel  trabajó años para lograr  concluir los frescos de la Sixtina que eran su sueño,  hace falta esfuerzo para concretar lo que soñamos.    Gustavo Montaña