La honorabilidad que se echa de menos

La honorabilidad que se echa de menos

La honorabilidad que se echa de menos

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española nos define en su primera acepción  la  palabra honorabilidad como el modo de ser o de comportarse de la persona honorable o digna de ser honrada. Sus sinónimos  son  decencia, honradez, probidad, responsabilidad, la segunda acepción nos dice que es la  Cualidad de honorable, y la tercera nos explica  que honorabilidad es la cualidad de la persona o cosa que tiene buena opinión y merece respeto de los demás.

Un término hermoso que implica una cualidad propia de las personas que merecen ser seguidas y que debería  por norma ser  de las principales virtudes de quienes  nos gobiernan o pretenden hacerlo.   Para muchos un término extinto o en remisión en el mundo moderno, un viejo legado de épocas pasadas para engalanar las historias y brillar en la literatura y los discursos.   Personalmente pienso que es una de las virtudes que nuestra Venezuela del siglo XXI reclama a gritos, porque  la crisis actual que nos afecta a todos reclama personas que sean sinceras,  honestas, dignas, responsables y todas estas virtudes se engloban dentro de la honorabilidad.

En estos momentos  de nuestra vida cotidiana cuesta escuchar al primer mandatario hablando en otras naciones de paz, de luchar contra el terrorismo y de ser inclusivos, cuando la realidad de nuestra tierra en los últimos años, ha sido la apología del delito desde aquella infausta cadena de Chávez donde dijo- hace años ya – que existían justificaciones para el delito y cuando lo vimos tratando de señor al tristemente célebre Joao Gouveia luego de matar a tiros en el plaza Francia de Altamira a tres personas de oposición y dejar a 12 más heridas de consideración.   O cuando se hablaba desde el alto gobierno de los guerrilleros de las FARC como luchadores de la libertad, o cuando se escondían terroristas árabes y de otras nacionalidades en el país.

La honorabilidad que se echa de menos

Cuesta escuchar que se habla de paz y se llama continuamente a ella en los foros internacionales cuando en nuestra propia casa se permiten que colectivos armados operen impunemente  bajo el resguardo de la Guardia Nacional y la Policía contra civiles en manifestaciones, dejando muertos y heridos por doquier.

Cuesta hablar de inclusión cuando ahora para vacunar a los pequeños, repartir las bolsas de CLAP o ingresar a la universidad se pretende pedir la tarjeta de la patria, usada como mecanismo segregador de control político partidista, pues en las elecciones del Psuv y de la ANC se podía usar para votar ante el CNE.

Todos estos hechos nos hablan de lo contrario de la honorabilidad, pero no crean que esto viene de un solo lado de la talanquera política, pues el problema es común y extendido.    Si miramos en las filas de la oposición da vergüenza ajena ver a los que se autoproclaman líderes mintiendo descaradamente, usando argumentos falsos para convencer a las personas y actuando en base a intereses personales cuando la situación país reclama una firme dirección moral y una agenda marcada por los principios como única forma de enfrentar el uso desmedido y abusador del poder.

Acabamos de ver unas elecciones primarias donde lamentablemente la honorabilidad no fue la bandera exhibida por muchos de los candidatos que acudieron a ellas, y eso pega en el alma de una nación golpeada por la crisis más que ver a los malos triunfando, pues se supone que  desde este lado deben estar los defensores de la gente, los honorables.

La realidad nos muestra que la honorabilidad no tiene color político, no tiene sexo y no tiene patria, por ello hoy como nunca nuestra tierra y su gente reclama comportamientos honorables de todos sus ciudadanos, no sólo de nuestros líderes, sino de cada uno de nosotros.   Hoy  nuestra primera batalla debe ser con  nosotros mismos, para comportarnos honorablemente en todo paso de nuestra vida, pues solamente con el accionar colectivo, con el ejemplo de todos, puede que logremos dar un viraje a esta prácticamente continua del engaño, la mentira, la corrupción y la sinvergüenzura.

Hay una hermosa frase del gran escritor estadounidense Mark Twain que me  atrevo a citar; “La honestidad es la mejor de todas las artes perdidas”, me atrevo a modificarla un poco diciendo que la honorabilidad es el arte que reclama nuestra Venezuela del siglo XXI.   ¿Será qué podemos cultivarla y aplicarla cada día en nuestras vidas?